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Mi mayor fracaso en el sector inmobiliario

Amo el sector inmobiliario, y mucho más mi trabajo. Pero no todo ha sido bonito en esta relación.

Hoy vengo a contarte la peor experiencia por la que he pasado en este sector, el único despido y la única mala referencia que he tenido en estos 15 años.

 

Y que agradezco enormemente.

 

Al lío, no voy a dar fechas ni nombre real, no por mí, si no por las personas a las que pueda repercutir.

 

Llegué a Olivia gracias a una ex compañera. Ella tenía una inmobiliaria desde hacía poco, aunque llevaba ya unos años en el sector. Necesitaba a alguien que le echase una mano a ella y a su coordinadora, y por su forma de ser, a mi compañera le pareció que haríamos buenas migas. Yo estaba en el paro en ese momento, ya me quedaban apenas 4 o 5 meses de subsidio, y me fue genial.

 

Las condiciones eran que yo entraba para ayudarle con la web (tenía crear una), a introducir datos en el software inmobiliario (que conocía perfectamente), y a ayudar a su coordinadora a atender a los clientes. Y me pareció bien.

Ni recuerdo el nombre de esa chica. Me enseñó lo básico que necesitaba (suerte que me lo apunto todo) y a los 2 días se fue.

Me sorprendió mucho, porque se trataban súper bien, como amigas y en varias ocasiones Olivia había hablado de esa mujer como el pilar de su empresa.

 

Yo tenía 2 horas para comer, así que salía y comía en mi coche y luego escribía (mi pasión).

 

Ese día, vi desde mi coche cómo se discutían. También estaba el marido de Olivia, Toni, que siempre estaba ahí. Era el chófer de su mujer.

Cuando entré me contó que la chica se había vuelto loca, que le había pedido un aumento de sueldo desorbitado y tomar decisiones como una socia. Así que se había negado, y ya no tenía coordinadora.

 

Aunque ella gestionaba casi exclusivamente un producto que yo no había tocado hasta entonces, producto bancario, la experiencia previa y mi carácter me ayudaron a tomar el control de la oficina rápidamente.

 

Me gané la confianza del único agente comercial que tenía en ese momento, y ayudé y enseñé al cabo de un mes, a Mireia, la nueva administrativa. Creé una web muy chula, aunque esté mal que yo lo diga. Pero el contenido era original y llamaba la atención.

Me impliqué mucho, como siempre, y disfrutaba del trabajo todo lo que pude.

 

A Mireia de vez en cuando le daba una crisis nerviosa, y por mi forma de ser, le ayudaba a superarlas. Tenía que pedir documentos y cuadrarlos para los bancos, así como hacerlo en tiempo récord por la presión que ejercía en nosotras Olivia.

 

La de veces que he trabajado en fin de semana, porque había algo súper mega urgente que no podía esperar a la mañana siguiente. O me llamaba a las 22h mientras cenaba con mi familia o amigas. O entraba a la oficina a las 7 en lugar de las 9, porque tenía que irse a una firma o a la central bancaria con un documento cumplimentado o corregido. O salir 3 horas después del cierre porque quería comentar cosas justo en el momento de cerrar.

 

También hubo cosas buenas, como cuando me regaló un fin de semana con mi costilla en un hotel de costa, o cuando nos invitó a todas (Mireia, Linda, ella y yo) a una tarde de masaje y cena. Ya está.

 

Curré muchísimo, hasta que hubo un momento en el que no llegaba a nada. Parecía que no avanzaba, que no era productiva a pesar de no parar ni un segundo.

Había pasado casi un año.

 

Llevaba las redes sociales, los datos de los software de las diferentes entidades bancarias, el equipo (3 comerciales, y Linda, que atendía a clientes), ayudaba a Mireia con la documentación, organizaba la agenda de Olivia, hacía ACM, investigaciones de mercado, y todas las cosas que se le ocurrían a Olivia que eran muchas y todas urgentes.

 

Entonces contrató a Elena, hermana de Mireia, para que se encargase de pasar todos los datos de un programa a otro, que debía hacerse de forma manual, porque eran incompatibles y no recuerdo qué más.

 

Yo le había dicho que, con mi carga de trabajo, no podría hacerlo rápido, y cuando Elena pudo hacerlo en una semana, me flipé.

A ver, que ella se dedicaba 8 horas al día de forma exclusiva a ello. Pero claro, al decírselo a Olivia se molestó mucho.

 

Quedó para comer con la directora de una entidad bancaria con la que trabajaba (y era amiga suya) y fue con Mireia. Me llamó la atención la sorpresa de la directora cuando se enteró de que yo no iba, pero no le di importancia.

Me pidió un excel con todos los datos de las plataformas, webs, y redes sociales que utilizaba. Logueos, links, herramientas, etc

Y también se sentó conmigo a que le explicase todo lo que tenía en mi pc, y cómo lo tenía organizado.

 

Sí, olía raro, pero oye, no suelo preocuparme a la ligera, y menos cuando sabía todo lo que yo estaba haciendo por el negocio.

De repente un día, es más, 10 días después de hacer un año en la empresa, me llamó a su despacho y me despidió.

 

Me dijo que se sentía traicionada y engañada por mí. Que había visto cómo Elena había hecho el trabajo que yo le había asegurado que me llevaría meses, en una semana. Y que yo no trabajaba, sólo pasaba el tiempo allí. Entre otras cosas dolorosas que no encajo.

Me puso un papel para firmar, y firmé.

 

Lloré, y no poco. Me preguntaba qué había hecho para eso. Linda, la persona más buena de la oficina, lloró conmigo delante de la puerta, no entendía nada.

 

Al día siguiente, ya más relajada, le mandé un WhatsApp a Mireia, diciéndole que si estaba bien, y que si sabía algo del motivo de mi despido. Recibí una llamada de Olivia diciendo que dejase en paz a su personal si no quería además una demanda, y que se iba a encargar de que no volviera a trabajar en el sector inmobiliario.

Hasta aquí la historia resumida. Ahora el motivo por el que agradezco este fracaso laboral.

 

 

  • – Fue un reto profesional que me dio la oportunidad de hacer muchas cosas nuevas y diferentes.
  • – Pude experimentar y conseguir demostrar mi teoría de que se podía obtener mejor resultado, con un poco de valentía y mucho sentido del humor.
  • – Encontré nuevas herramientas a las que pude sacarle mucho partido (y sigo haciéndolo)
  • Vi una vez más, que soy rara pero no se me dan tan mal las personas.
  • – Aprendí a decir que no.
  • – Encontré un trabajo muy diferente y mucho mejor.

 

Y fue gracias a su terrible referencia.

 

Me presenté al cabo de un mes a un puesto de trabajo como redactora de contenido. Hice una prueba y al jefe le gustó mucho.

En la entrevista, con mi hoja de vida laboral delante, me preguntó el motivo por el que no constaba mi último trabajo en el currículum.

Y se lo conté.

 

El hombre me miró curioso, levantó el teléfono y llamó a Olivia. Le dijo que quería referencias sobre mí y puso el altavoz haciéndome una seña de que guardase silencio.

 

Ella le dijo que me había echado porque era una vaga que no había hecho nada en un año, que me había mantenido en el puesto por pena, y que lo único que yo hacía era escribir mis historias, y que no me contratase nunca.

 

El agradeció y colgó.

 

– ¿Así que sólo te dedicabas a escribir, eh?… Bienvenida. Te esperan muchas horas de escritura.-

 

Después de ese trabajo han venido más, y he llegado dónde estoy ahora. En el apasionante sector inmobiliario, y haciendo mil cosas diferentes y novedosas.

 

Si te interesa qué pasó con Olivia, sólo te diré que no hay con ella ninguna de las personas del equipo formado en ese tiempo. Personas con las que tengo la fortuna de seguir en contacto con alguno de ellos, y que a todos les va genial.

 

Mi mayor fracaso laboral, ha sido un buen aprendizaje, no el mejor, pero sí uno de los buenos.

 

Así que gracias.

 

Y tú, ¿te atreves a contarme cuál ha sido tu mayor fracaso laboral?